No cabe duda de que el esparcimiento de la pandemia del COVID-19 ha sido un punto de inflexión para el sector salud global. En pocos momentos históricos la salud pública había pasado al centro discursivo de los medios de comunicación y hoy más que nunca todos los que nos dedicamos a la medicina nos sentimos por hacer todo lo que tenemos a nuestro alcance para paliar esta crisis global.

Esta presión, por supuesto, nos ha llevado a reconocer el grado de control que podemos tener en torno al esparcimiento del virus y también ha enfatizado el nivel de responsabilidad que todos los elementos del sector médico tenemos sobre nuestros pacientes y, por consiguiente, de la salud de nuestras comunidades.

Con todo este proceso, hay dos lecciones fundamentales para el mundo de la cirugía que no podemos dejar de atender: la importancia del protocolo en nuestra profesión y la dimensión ética conforme la que tenemos que actuar.

Todas las medidas que hemos tomado en hospitales, desde el hecho de posponer todas las cirugías no-urgentes, hasta el reforzamiento de los controles de higiene para evitar la aparición de contagios entre el personal médico, nos han demostrado la importancia del rigor en nuestra profesión.

En este sentido, el COVID-19 nos ha hecho acercarnos más a una cultura de seguridad en torno a las cirugías, posiblemente debido a las complicaciones que ha traído consigo a los quirófanos.

Dado el hecho de que está demostrado que los pacientes que se encuentran en un proceso de recuperación postquirúrgico son más propensos a presentar síntomas graves de coronavirus en caso de infección, lo más recomendable es que sigamos procedimientos de seguridad muy estrictos.

Para cada una de nuestras intervenciones quirúrgicas, debemos de garantizar por todos los medios posibles que el candidato a cirugía no esté infectado de coronavirus y, además, no podemos permitir que en el transcurso de su procedimiento haya riesgo de infección.

En realidad, las herramientas que tenemos para garantizar esto son tres. La primera de ellas es el monitoreo constante del paciente para corroborar que no presente ningún síntoma de SARS-COV-2, y además, debemos de exhortarle a pasar un periodo de cuarentena de por lo menos quince días previo a la intervención quirúrgica. Por supuesto, también debemos de hacer pasar al paciente por una prueba PCR para tener todavía más datos duros que afirmen que su estado de salud es el adecuado para ser sujeto al tratamiento.

La segunda herramienta que tenemos a nuestra disposición es seguir religiosamente los lineamientos de seguridad de nuestros centros hospitalarios, asegurándonos que todos los miembros de nuestro equipo médico se haga pruebas recurrentes de infección y que además cuenten con el equipo de protección personal (EPP) adecuado para atender a los pacientes sin exponerlos a situaciones innecesarias de riesgo.

Por último, debido a que las dimensiones de la actual pandemia han llevado a que los números de camas requeridos en nuestros hospitales sean cada vez más demandados, estamos comprometidos a hacer nuestros procesos de la manera más eficiente posible.

Tenemos el compromiso con nuestros pacientes y con nuestras comunidades de que todas las personas que sean sujetas a una intervención quirúrgica puedan recuperarse y dejar el hospital lo más pronto posible. Si podemos minimizar los tiempos de hospitalización de nuestros pacientes, hacemos un favor enorme a toda la población de nuestras ciudades.

Es por esto que debemos de atenernos a ejercer nuestra profesión con el mayor nivel de perfección posible y siguiendo los estándares que está comprobado empíricamente que llevan a la recuperación más integral de nuestros pacientes en el menor tiempo posible. El COVID-19 nos ha enseñado que seguir protocolos y procedimientos estandarizados salva vidas.

Por otro lado, la profunda dimensión ética con la que tenemos que cumplir nuestra profesión se ha recalcado con el sinnúmero de decisiones complejas que la pandemia nos ha llevado a tomar.

Como profesionistas de la salud, tenemos un compromiso con la vida, y por lo mismo, el hecho de que muchos nuestros hospitales no cuenten con suficiente equipo para tratar a la cantidad de pacientes que requiere de cuidados especializados nos ha llevado a tener que decidir qué personas deben de recibir un ventilador por su posibilidad de sobrevivir al padecimiento.

Por este tipo de circunstancias, muchos médicos hemos llegado a experimentar altos niveles de frustración y a cuestionarnos cuáles son los alcances que tenemos cómo médicos si una gran parte de la población no puede recibir la atención que se merece. De nuevo, la respuesta a esto es seguir el principio moral de la empatía hacia todo aquel que se presenta ante nosotros y mover mar y tierra para aliviar el malestar que lo aqueja.

No podemos ser endebles en nuestras actitudes ni en nuestro profesionalismo y debemos de mantener una visión integral de que cada acción que tomemos dentro de un centro de salud puede tener un impacto colateral en la salud de nuestras comunidades.

Por supuesto, ahora nos encontramos en uno de los escenarios más difíciles para ejercer nuestra moral. Sin embargo, esto ha enfatizado la importancia de la cobertura, del mantenimiento, y del entrenamiento del sector hospitalario. Más que nunca, esta crisis de salud revela que el funcionamiento integral de una sociedad depende de la salud de quienes la conforman, y por lo mismo, tenemos la responsabilidad de buscar una cultura de seguridad y demandar políticas que tengan un enfoque esencial en el proteger la salud de todos los ciudadanos a través de los mejores tratamientos. Podemos aprender del coronavirus que nuestra práctica ética se extiende más allá de los quirófanos: es una responsabilidad que tenemos con nuestra sociedad.

No sabemos por cuánto tiempo más vayamos a tener que hacer nuestras operaciones girar alrededor del COVID-19. Sin embargo, podemos tener la certeza de que seguir protocolos, pero mantener una postura crítica, humanista, y moral es esencial para que podamos resguardar de la salud de todos aquellos que acuden a nosotros.